Cristina Langa

A partir de entonces

Soy Cristina y tengo 25 años. Soy madrileña, periodista,  community manager, webmaster y ahora soy una luchadora contra el cáncer

Y sobre todo, por encima de todo ello, soy positiva y feliz.

En febrero de 2015 me diagnosticaron cáncer de ovario. Por aquel entonces, mi vida empezaba a tener un rumbo muy positivo pues estaba trabajando en una empresa de lo que me gusta y de lo que había estudiado ¡toda mi vida dedicada al estudio y por fin encontraba mi puesto en mi mundo laboral!, me acababa de mudar a una localidad que me gustaba mucho más de donde estaba viviendo y empezaba a tener proyectos profesionales y personales muy interesantes. Fue entonces cuando el cáncer volvía a entrar en mi vida, pero esta vez era a mí a quien retaba. Desgraciadamente, en mi familia se había dado casos de cáncer con el más trágico de los desenlaces, por tanto, para mí cáncer era sinónimo de muerte y digo era porque ya no lo es.

Todo ocurrió de forma casual, un domingo 15 febrero mi abdomen seguía hinchado a lo que yo acusaba a una indigestión de un alimento que había tenido unos días previos; sin embargo, yo sabía que algo no iba bien y decidí acudir a Urgencias. “posiblemente será anisakis” me informó el médico de guardia, pero una ecografía posterior desveló que no era tal, pues tenía un bulto en el ovario. A partir de entonces la carrera fue a contrarreloj: pruebas y más pruebas. “Todavía no sabemos qué es lo que pero buena pinta no tiene” era la frase que más oí durante casi dos semanas. “Un no se sabe” que a mí me angustiaba pues uno de Un no se sabe no se cura, de Un no se sabe no hay tratamiento.

Un TAC desveló el no sé sabe “un cáncer de ovario con posible metástasis en el pulmón” Yo, con 25 años, pregunté “bueno, ¿y qué posibilidades tengo de sobrevivir a esto?” “no lo sabemos” me contestaron, una respuesta que no auguraba nada bueno pues el tono y las miradas de mi médico así me lo hicieron notar.

Para mi sorpresa, mi reacción ante aquello no fue traumática ni depresiva, “bueno, ya es Un se sabe, Un se sabe del que hay un tratamiento y una cura” me dije a mi misma.  Una enormes ganas de luchar empezaron a surgir, decidí que aquello  no era suficiente para borrarme la sonrisa, me prometí a mí misma que aquello no me permitiera derramar una sola lágrima de dolor y, en el caso que lo hiciera, que fuera la emoción o la alegría el motivo por el cual lloraba. Decidí que el miedo era una batalla que no me iba a ganar, decidí afrontarlo con valentía para poder decir con seguridad “yo, al cáncer, miedo no le tengo”. Decidí que yo como paciente podía hacer mucho más y ayudar a la labor de todo mi equipo médico y descubrí que a través de una actitud positiva y teniendo siempre en mente la certeza de poder curarme podía hacer mucho más que si optara por sentarme a llorar o lamentarme. Que los tratamientos solo serán efectivos si yo quiero que lo sean y la manera de querer saberlo es a través de mi actitud.

Pedí ayuda psicológica para que me ayudarán a canalizar todo aquello y cada uno de los pasos que iba a dar a partir de ese momento y para afrontar la enfermedad como yo quería. A partir de entonces mis preocupaciones se hicieron pequeñas, tan pequeñas que resultaron insignificantes y dieron lugar a una sola: Vivir. A partir de entonces, lo que antes era para mí algo normal, habitual en gente de mi edad ahora se ha convertido en un regalo diario y es el hecho de poder vivir cada día. A partir de entonces, Vivir se ha convertido en mi único objetivo. Y no solo vivir, sino vivir la vida como yo quiero y no como el cáncer quiere que así sea.

Nunca me pregunto ¿y por que yo? O ¿qué he hecho yo para tener que pasar por algo así? Porque son preguntas que sé que no tienen respuestas y ¿por qué tengo que gastar esfuerzos en resolver incógnitas que carecen de contestación lógica alguna?

He decidido empeñar esas fuerzas en refugiarme en aquello que más feliz me hace, en mis aficiones, en mi familia, en mis amigos, en mi trabajo, en la música, en el cine.  Nunca he dejado que el cáncer sea el centro de mi vida, porque ese papel me corresponde a mí y no al cáncer.

Gracias a eso y mi actitud he transformado ese “no sabemos las posibilidades que tienes de curarte” en un “las hay”.

A ti, si te lo acaban de diagnosticar te digo que se puede ser feliz teniendo cáncer, se puede sonreír teniendo cáncer, se puede disfrutar teniendo cáncer y sobre todo y lo más importante se puede vivir teniendo cáncer. Porque yo, lo estoy haciendo.

Cristina