Laura Alonso Costumero

Hola, soy Laura, una adolescente de 15 años.

Hace poco, unos cuatro meses aprox. un Linfoma de Burkitt invadía mi abdomen y me hacía pasarlo muy mal hasta que fue detectado.

En principio, durante dos meses, estuve muy malita, vomitando día tras día y a todas horas. En otros hospitales me decían que sólo era una gastritis; otros días me decían que era gastroenteritis, el Helicobacter pylori y otros.

Pero por suerte, un día una médico me hizo una ecografía y me derivó al este hospital, debido a que vio unas “masas sospechosas en el abdomen”. Aquí me trataron muy bien desde el principio, aunque yo tenía mucho mucho miedo y eso que sabía que mi familia estaba conmigo en todo momento.

Para empezar, me hicieron una analítica, a pesar del miedo que siempre había tenido a las agujas (nunca me había hecho una analítica hasta entonces). Después me llevaron a hacerme otra ecografía y me llevaron a una salita con mis familiares y me dijeron que tenía que ingresar. Aquí empezó mi “pesadilla” o eso pensaba.

Llegué a la planta, estaba súper nerviosa y con mucho miedo. No sabíamos nada y era fin de semana. Hasta el lunes no me podían hacer pruebas.

Yo no hacía más que preguntarme por qué estaba allí, con los niños que no tenían pelo y que tenían cáncer. Se lo dije a mi madre y me decía que ella tampoco sabía nada., que me tenían que hacer pruebas del por qué me dolía la tripa.

Llegó el lunes y empezó todo, sólo recuerdo levantarme en la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos) con muchos doctores alrededor mía. Recuerdo que mi primera reacción fue irme a incorporar y no podía, tenía un apósito que cubría la zona de debajo de mi ombligo. Cuando lo intenté me dolía bastante y no pude. Me asusté mucho y no sabía qué hacer porque tenía mucho, mucho miedo. Mi madre no estaba porque las visitas allí tienen un horario. Los doctores me hablaban y no entendía nada de lo que decían, así que decidí que lo mejor era callarme por si me pinchaban o me hacían daño.

Por fin llegó mi madre y la pude preguntar que qué me pasaba y mi madre, entre lágrimas me dijo que tenía un Linfoma y que tendría que permanecer ingresada. Esto no me preocupaba, ni era el mayor de mis problemas, porque sabía que eso me lo tratarían y volvería a estar bien. Lo peor llegó cuando me dijeron que el pelo se me caería. Allí llegó lo que para mi era “mi peor pesadilla”.

Me tiré varios días en la UCI hasta que los doctores decidieron que podía subir a la planta. Me llevaron a una habitación en la que estaba otra chica de 14 años, Rocío. Todo pintaba bastante bien. Tenía una compañera con la que hablar, y los dolores poco a poco desaparecieron, pero el miedo me echaba para atrás.

Rocío y yo empezamos a hablar y me contó su caso. ¡Ella sí que era una gran luchadora! Llevaba 3 años con la enfermedad y no tenía miedo a nada ya. Me enseñó a madurar mucho durante mi tiempo de ingreso. Gracias a ella perdí el miedo a todo lo relacionado con el hospital. Teníamos muchísimas cosas en común: la música, a las dos nos gustaba estar guapas…

Y llegó el día de cortarme el pelo. Decidí que Rocío, como ya tenía experiencia en esto, estuviera conmigo. Ella se tenía que ir a la “radio”, así que si no me lo cortaba antes de que se fuera, me quedaría sin ella para verme.

Poco a poco, me lo cortaban y yo no hacía mas que llorar al verme caer el pelo al suelo, era lo peor que me podía pasar, pero veía a Rocío y me daba mucha tranquilidad. Ya no había nada que hacer por más que llorase.

Poco a poco nos hicimos muy amigas, pero a mi me tuvieron que aislar, además tenía mucosistis en la boca y me quedé sin poder hablar, así que los planes de llamarla por el móvil no servían de nada. Gracias a Rosalía (la psicóloga) nos mandábamos cartas y nos seguíamos contando las cosas.

Llegó el 2ª ciclo de quimioterapia, ya el miedo era menor debido a que ya sabía a lo que me enfrentaba. En este ciclo conocí a muchas fundaciones que luchaban día a día para sacar a los niños de las habitaciones. Con ellas y otros niños me sentía una más. Todos teníamos la enfermedad y nos lo contábamos entre nosotros.

Rocío se tuvo que cambiar de planta para ir a trasplante. Allí sólo podía verla por la ventana y hablar de ello por un “walkie-talkie” o por el móvil, así que le dí un grandísimo abrazo y le desee mucha suerte.

Empecé otra vez la mucositis y con ella el aislamiento. Otra vez yagas (puff), pero bueno, miré el lado bueno. Veía a mis amigas y compartía con ellas sus planes de verano en otros sitios (¡qué envidia!). Tenía tanto miedo de que no me aceptaran sin pelo… (todas son muy guapas y pensaba que no querrían estar conmigo por el pelo y paranoias varias), pero ellas me apoyaban y estaban ahí conmigo.

Terminé el segundo ciclo y empecé el tercero que fue el más aburrido y largo. Mis amigas y familiares estaban de vacaciones, así que no me venían a ver.

En este ciclo ya estaba casi curada o eso pensaba hasta que llegó el TAC y con él una mala noticia: quedaba un ganglio de la enfermedad y había que saber si era tejido muerto o no. Si estaba muerto, con un solo ciclo me iría y terminaría el tratamiento, pero si estuviese vivo necesitaría 4 o 5 ciclos más para eliminar la enfermedad. Para saber todo esto, habría que abrirme otra vez el abdomen. Me lo abrieron y tendría que esperar 7 días para saber los resultados. Y llegó el día. Yo estaba bastante asustada pero las cosas salieron fenomenal: todo estaba muerto. Me fui de alta cuando la herida se me curó del todo, y tendría que volver a revisión.

Continué con el cuarto ciclo y terminé totalmente curada.

Con mi enfermedad he aprendido a valorar lo realmente importante. Que no estuviera Rocío en este ciclo hizo que se me hiciese más cuesta arriba. Siempre me acuerdo mucho de ella, la verdad es que la debo todo lo que he pasado en el hospital. Si no llega a ser por ella seguro que no habría sido nada igual. Para mí, un ejemplo de lucha.

Con el tiempo también me dí cuenta que el pelo no era lo más importante sino estar sanos y ser felices y sobre todo, que la gente que te quiere de verdad, te va a querer no sólo por tu físico, sino también por como eres.

Otra lección que te da esta enfermedad es que para estar bien, primero hay que pasarlo mal. Y sobre todo, que hemos tenido la suerte de vivir en un país con medios para sobrevivir a enfermedades como estas.

Que los médicos sólo nos quieren curar y que no hacen nada malo, y el miedo sólo es porque nuestro día a día no es estar en un hospital y tenemos miedo a lo desconocido.

Cuando se pasa por estas cosas, sobre todo hay que luchar, para seguir adelante y no venirte abajo.

Esta experiencia me ha ayudado bastante a saber luchar y saber que mientras yo estoy en mi casa divirtiéndome, en los hospitales hay miles de niños pasándolo fatal, y me encantaría mandar mi gran apoyo a todos los niños oncológicos y que mi experiencia sirva para ayudar a otros niños a superar la enfermedad.

Laura